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LA ROSCA SE ROMPE:

EL PERONISMO CATAMARQUEÑO ENTRA EN ZONA DE FRACTURA

El esquema de poder que parecía blindado empieza a resquebrajarse entre alineamientos con Milei, internas latentes y una oposición que eligió el algoritmo antes que el territorio.

Este es un espacio donde me voy a permitir analizar los acontecimientos de la política catamarqueña, entender a cada uno de los actores que componen el poder y, sobre todo, qué intereses defienden. Lo hago desde una mirada independiente, incómoda si hace falta, intentando equilibrar aquello que muchas veces los medios hegemónicos eligen callar. Acá no hay relato: hay lectura de poder.

Durante años, el peronismo local construyó una lógica de sucesión que funcionaba casi como una profecía: dos mandatos para Lucía Corpacci, dos para Raúl Jalil y dos para Gustavo Saadi. Un esquema cerrado, previsible, casi hereditario. Como si la conducción de la provincia estuviera previamente asignada y los catamarqueños fueran apenas parte de un dispositivo electoral que valida decisiones tomadas en otro lado.

Pero la política no suele respetar acuerdos tácitos cuando el poder empieza a moverse. Y eso es exactamente lo que está pasando.

El alineamiento de Jalil con Javier Milei dejó de ser una señal ambigua para transformarse en una definición política concreta. Sus legisladores acompañaron casi sin fisuras los proyectos más controvertidos del gobierno nacional, incluso aquellos que contradicen la identidad histórica del peronismo. No es una contradicción menor: es una redefinición de pertenencia.

En ese contexto, empezó a circular con cada vez más fuerza una hipótesis incómoda: la posibilidad de que Jalil busque un tercer mandato, habilitado por la Constitución, pero ya no desde el peronismo sino desde un armado más cercano al universo libertario. Una jugada que, de concretarse, dinamita cualquier lógica de continuidad ordenada.

La reacción interna no tardó en aparecer. Sectores del peronismo que todavía se reconocen en la militancia, en la territorialidad y en cierta épica política empezaron a marcarle la cancha. Exfuncionarios, exlegisladores y dirigentes que supieron ser parte del oficialismo hoy cuestionan abiertamente el rumbo del gobierno. La interna dejó de ser un murmullo: empieza a ser una advertencia.

Y ahí aparece el talón de Aquiles del jalilismo. Su fortaleza técnica es, al mismo tiempo, su debilidad política. Jalil no tiene militancia real, no tiene estructura propia que lo sostenga en el territorio, no hay una fuerza que lo defienda cuando el conflicto escala. Tiene funcionarios que administran, técnicos que ejecutan y ministros que obedecen. Pero no tiene conducción política en términos clásicos. No hay épica, no hay tropa, no hay calle.

Ese vacío se vuelve más evidente cuando se observa cómo está armado el gobierno: áreas distribuidas entre sectores vinculados al intendente capitalino, Gustavo Saadi, espacios que responden al corpaccismo y un núcleo técnico que cuida la gestión del gobernador. Un equilibrio que funciona mientras nadie disputa, pero que puede romperse apenas alguien decida jugar en serio.

Del otro lado, la oposición eligió directamente correrse de la cancha. La Unión Cívica Radical y los libertarios locales encontraron su lugar en la política del like: reels, TikTok, videos virales. Se especializaron en hablarle a la cámara, en construir personajes, en medir engagement. Pero en la política real —la que se construye con poder, conflicto y territorio— no existen. Son, hoy, más influencers que dirigentes.

Así, el tablero empieza a reconfigurarse con una lógica incómoda: un gobernador que administra pero no conduce, un peronismo que ya no logra disimular sus tensiones internas y una oposición que reemplazó la política por contenido.

La profecía de la sucesión ordenada empieza a desarmarse. Y cuando eso pasa, lo que viene no es la transición: es la pelea. Porque como bien sabía Maquiavelo, el poder no se hereda, se disputa. Y en Catamarca, esa disputa ya empezó.

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